martes, 18 de junio de 2019

“ Cuando aún llovía “


19XX. Está lloviendo y se que Dios me mira. Es el mes de mayo y tengo veintiún años. El concierto  se ha interrumpido por una lluvia cálida y brusca. En cuestión de segundos, la chopera del retiro se ha convertido en un inmenso charco. Casi todos los presentes han huido despavoridos hacia los árboles intentando cobijarse debajo de sus hojas . En el escenario , los instrumentos descansan guarecidos en una de las esquinas separados por una mampara transparente . Ni siquiera me he dado cuenta de que estoy sola.  He empezado a cantar Singing in the rain inventándome todas las palabras. La berreo a pleno pulmón mientras la bailo, con los ojos cerrados o mirando al cielo, en círculos concéntricos imitando a Gene Kelly . Me gusta el caos. En el desastre me encuentro como pez en el agua. ¿Qué más da si llueve cuando la vida te pertenece? Soy la actriz principal de mi propio destino o, al menos, eso creo en ese preciso instante. Recibo la lluvia como una bendición. Me complacen las cosas inesperadas que alteran las rutinas. Es primavera, tengo la vida por delante y esa vida me encanta. Tengo la sensación de que Madre-Vida me ama con desmesura.

Una lluvia de mayo no puede sino celebrarse. Estoy viva , huelo, palpo, miro y, lo que es mejor, soy consciente de todo ello de una forma pueril y holística. Tengo la intuición de que los problemas reales están tan lejos de este parque  como de mi vector temporal. Hay olor a hierro oxidado, mis  zapatos empapados, los calcetines convertidos en una especie de amalgama de algodón. Mi pelo son algas. Las gotas de lluvia me resbalan por la cara haciendo escalón en mi puntiaguda nariz. Canto Singing in the rain como un mantra. No puedo parar de sonreírle al cielo. Doy patadas a los charcos como si bailara claqué. Está claro que aún no se qué son los prejuicios. Es algo mucho más sencillo: me sale del alma.

Estas cosas sucedían cuando aún llovía..

Termina el temporal como si hubiera sido una broma.

Abro los ojos.
Estoy en medio del parque.

Sola. No me había dado cuenta en ningún momento de que estaba sola. Esta es la primera vez que me cercioro de que, ante muchas de las percepciones que tendré en la vida, estaré sola.
Miro hacia los árboles . A cubierto, la muchedumbre me está mirando. Tienen los ojos como platos y la boca entreabierta, como si alguien les hubiera extraído una flauta.

Todos me miran.

Me acabo de dar cuenta de que soy rara.

Y me encanta.





viernes, 19 de diciembre de 2014

Crónicas de un Taxi en Delhi

No era la primera vez que desembarcaba en el Aeropuerto de Delhi, en algunos años atrás lo hacia frecuentemente por motivos de trabajo. Sin embargo cada vez que se abrían aquellas puertas que daban paso al exterior alucinaba como el primer día que pisé aquel mundo increíble.
Ahí otra vez estaba yo tirando de mi maleta y enfrente a mi un larguísimo pasillo franqueado por una marea de cuerpos, de telas de colores, de cabezas , de brazos saludando y sujetando carteles con nombres, de bocas sonriendo con dientes blanquísimos, y todos, todos, tenía yo la impresión que me miraban y esperaban por mi, que querían que yo fuera la dueña del  nombre de sus carteles.
India es un baño de multitudes, donde el concepto de espacio vacío no existe.
 El taxi que me llevó hasta el hotel Nirulas en la Connaught Place olía a sueño. A ropa vieja enrollada. A toallas húmedas. A sobaco. Después de todo, supongo que era la casa del taxista. Donde vivía. El único sitio que tenía para almacenar sus cosas y sus olores.
Los asientos habían sido asesinados. Destripados. Una franja de gomaespuma amarilla sucia sobresalía y temblaba en el respaldo como un gran hígado con ictericia.
El conductor tenía un aire de vigilancia constante. Tenía la nariz aguileña y llevaba bigotito. Era tan bajo que miraba la calle a través del volante. A los coches que se cruzaban con nuestro taxi debía de parecerles que llevaba pasajeros, pero no conductor, y quizás hasta pensaran que era un taxi solitario y a la deriva porque mi talla no pasa tampoco de hobbit.
Conducía deprisa, de manera agresiva, se metía como una flecha en cualquier espacio libre y obligaba a los demás coches a salirse de su carril. Aceleraba en los pasos de cebra , se saltaba los semáforos y pitaba como un poseído.
Un Taxista Indio pita un promedio de 780 veces por segundo. ¿Por que? Aquí la respuesta: pita para informar que va pasando, pita para que el de al lado se mueva, pita para que el peatón corra raudo y veloz y no termine atropellado como un sapo en la mitad de la calle, pita porque una paloma iba volando sobre su taxi , pita porque no tiene nada mejor que hacer, pita porque no había pitado en 32 milésimas de segundo..
    Las ventanillas iban abiertas. Mi pelo todo levantado y mi boca con gusto salado de la brisa contaminada que pasaba a toda velocidad .
Oiga- Podría ir con mas cuidado? Le dije  con  tono molesto.
Yes maamm , pero de aquí a unos minutos comienza la hora de los grandes tapones y hay que evitarlos.
Ya, pero prefiero llegar tarde que no llegar nunca y que por fin usted consiga romper la pierna a algún ciclista.
Ellos se meten por todos lados y no me da tiempo a verlos.
– ¿Por qué no se pone una almohada, o un cojín, o algo así? - Vería mejor.
¿Por qué no se mete en sus asuntos, señora? Me dijo entre dientes.
Oiga, que Le he oído!
Yo opino lo que quiero. Estoy en India. Un País libre, le digo conteniendo la risa.
 Y esto es incuestionable señora. Me contestó el taxista solemne.

Y volvió a pitar porque no había pitado en las últimas 32 milésimas de segundo.


jueves, 11 de diciembre de 2014

La Planta Madre



Agradezco a mi linaje familiar, mis abuelos y mis padres por transmitir en las tradiciones de nuestros pueblos. Agradezco a mi madre, mujer andina y mujer medicina cuyo espíritu me acompaña bendiciendo cada amanecer. 
Agradezco a la Pachamama por que donde me encuentre nutre mis esperanzas y a los habitantes de las montañas que se encargan de cuidar mis pasos.

Violeta comenzaba con este ritual de agradecimiento siempre que se disponía a celebrar una ceremonia de sanación , o simplemente a enseñar algunos de sus arcaicos secretos medicinales , heredados de sus antepasados.
Tenerla en casa me permitió conocerla de cerca, sobre todo percibir a lamujer madredetrás de lamujer curandera,  aunque ella era igual en todas partes; era humilde, íntegra, sincera, una persona honesta cuyo corazón se irradiaba a través de su mirada, sus gestos, sus cantos de Ícaros.  
Pero también pude ver su parte aguerrida,  la mujer jaguar dentro de ella,  una posición femenina del curanderismo que yo suponía que era de hegemonía masculina.

Sentadas al calor de los fogones, Violeta abrió su cuaderno verde, gastado de tanto uso, y con su dedo indice fue recorriendo fórmulas magistrales escritas , hasta que una sonrisa en su rostro reveló que dio con la planta que hoy quería mostrarme y con la que posiblemente confeccionaríamos una medicina.

Esta selva amazónica en la que vivimos , comenzó a leer, tiene una geografía difícil, con infinidad de zonas boscosas, ríos,lagunas, árboles de mil tamaños y millones de formas de vida. Así como existe este gran bosque que ahora nos cobija, también cada uno de nosotros tiene un bosque interior.

Si quieres curar tu cuerpo debes comenzar por curar tu espíritu. De un modo u otro , cuando quieras dar este paso te encontrarás con una fascinante puerta que tendrás que cruzar, al hacerlo encontrarás tu bosque  interior.

Mientras Violeta leía yo sentía que tocaba mi corazón con sus palabras , disfrutaba de ese momento único , de ese tiempo que cruzábamos de compañeras y hermanas , de la oportunidad que nos traía el día, de la inspiración y del entusiasmo . Entre tanto , el café borboteaba y ya había esparcido su aroma por toda la cocina  y algo me hizo sospechar que aprender es un modo de vida que incluye enseñar lo aprendido.

Para curarnos , continuó Violeta, debemos explorar el bosque interior.
Este no solo presenta áreas frondosas llenas de vida, flores, magia y color. En el bosque que llevamos dentro también hay inmensas áreas inexploradas y de aparente inaccesibilidad. La clave de este sendero de luz conlleva a redescubrir en nosotros mismos cuanto sea posible conocer.
En general es un viaje que puede tomar mucho tiempo, incluso todo lo que te resta de vida.
Sin embargo no es importante el tiempo sino la calidad de la experiencia que vamos adquiriendo. 
Esto se llama auto conocimiento, y  de allí parte toda curación espiritual.
Así concluyó mi maestra y así se cerró la sesión con la planta madre.